Cuando vivimos en la fachada
Podemos perder brillo cuando vivimos para sostener fachadas, imágenes y estructuras sin fuego.
Existe el riesgo de irnos anestesiando en lo práctico, mientras el alma queda sin alimento genuino.
Muchas veces evitamos mirar la herida, esa sombra que nos hace dependientes y nos roba autenticidad.
Y, en ese intento de protegernos, confundimos amor con necesidad de validación: buscamos en la pareja el sostén inconsciente que un día pedimos a nuestros padres.
Eso puede dar calma… pero rara vez verdad.
Y, poco a poco, podemos alejarnos del verdadero sentido de amar:
un amor con pasión, sin obsesión, vivido con consciencia.
En algún momento, la vida puede ponernos frente al espejo y recordarnos lo que hemos descuidado llevándonos a vernos inmersos en:
Una crisis de identidad.
La sensación de estar en una vida gris.
Un vacío difícil de sostener.
Y la pregunta que incomoda: “¿Quién soy realmente?”
Pregúntate
¿Qué partes de mi vida sostengo más para “parecer” que para sentir de verdad?
¿Cuánto de lo que doy en pareja es auténtico y cuánto es repetición de mi historia infantil?
¿Estoy viviendo desde la pasión consciente o desde la calma que anestesia?
¿Qué me alimenta genuinamente… y qué solo me distrae de mi vacío?
Si quitara las fachadas, ¿Qué quedaría de mí?
A veces, sin darnos cuenta, somos nosotros quienes apagamos nuestro propio fuego cuando elegimos la anestesia en lugar de la autenticidad.
La comodidad siempre fue la gran enemiga del amor, a veces distorsionada por esa búsqueda ansiada de calma, pero cuando has vivido lo autentico esta aparente calma distorsionada implosionará dentro de ti, más pronto que tarde, confrontándote con una verdad difícil de esconder, tu verdad.
El brillo puede recuperarse. Basta un instante de honestidad, un acto de valentía al mirar hacia dentro, para volver a encender el fuego. Nunca es tarde para elegir autenticidad, al fin y al cabo esto es lo que nos conecta con la vida, donde está la fuerza, el impulso consciente, la elevación y toda una cadena de crecimiento apasionante nunca mejor dicho.
Tal vez la pregunta no sea si tienes fachadas… sino cuáles. Y qué estás dispuesto a hacer con ellas.



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